Una antigua
tradición, nacida en el siglo XIII, recogida en los Gozos que se cantan los días
de romería, cuenta que un pastorcillo encontró una imagen de Nuestra Señora en
el ramaje de un frondoso enebro.
Maravillado por el hallazgo, metió la imagen en su zurrón para entregarla a la
clerecía de Fórnoles.
Por la noche,
una vez recogido su hato de ovejas y encerrado en el corral, comprobó que la
imagen ya no estaba en su zurrón. Al día siguiente volvió con sus ovejas al
mismo paraje. La imagen estaba de nuevo en el enebro, la metió de nuevo en el
zurrón y la ató con un cordel para asegurarse de que así llegaría con mayor
seguridad a su destino en Fórnoles. En su destino comprobó que las ataduras
habían sido rotas y la preciada imagen había desaparecido de nuevo.
Enterados los
clérigos del pueblo de tan extraño suceso, decidieron acudir con todo el pueblo
para traer, en digna procesión, a la díscola imagen del enebro. Depositada, con
todos los honores, en el altar mayor de la Iglesia de Fórnoles, la imagen
desapareció por la noche y regresó a su enebro.
Visto el deseo
de Nuestra Señora de permanecer en tan esplendoroso paraje, decidieron
construir sobre el enebro la primitiva iglesia que, con las sucesivas
ampliaciones, ha dado lugar al suntuoso y abandonado santuario actual.
Se cuentan
hechos milagrosos atribuidos a la benevolencia de la Virgen de Montserrate,
algunos de los cuales están reflejados en libros piadosos, editados en tiempos
bastante cercanos al tiempo de los acontecimientos, donde consta el nombre de
los agraciados y la fecha del suceso presuntamente milagroso.
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